Por: Juan (Johnny) Fremaint
El Monte Moriah:
Veamos cual es nuestro próximo destino a estos lugares olvidados. Es en realidad un camino. Es el camino al Monte Moriah. Ya alguien lo camino primero, Abraham, el Padre de la Fe. ¿Qué tiene de peculiar este camino? Se dirigía a hacer algo que resultaba totalmente ilógico, sin sentido, hasta absurdo.
¿Cómo poder entender que luego de que Dios te promete tener un hijo, te lo da con una gran promesa de descendencia sobre él, y ahora te pide que lo sacrifiques en un altar? Absurdo. Pero Abraham se dirigió al Monte Moriah para llevar a cabo la orden. Dicho de esta manera parece una simple obediencia de órdenes. Sin embargo, para llegar al Monte hubo que caminar tres días.
¿Qué pudieron representar esos tres días para Abraham? Era el camino a entregar lo único valioso, lo que se le había prometido. Y no podía desahogarse con los que lo acompañaban revelándole todo lo que costaba cada paso cada día. Mucho menos podía revelárselo a su hijo. Esto debió haber hecho el camino solitario y doloroso, aunque tuviera acompañado de su hijo y sus siervos. Y ante tan difícil proceso e interrogantes la Escritura registra que el pensamiento de Abraham era creer que “aun de los muertos” Dios le cumpliría lo prometido.
Imagino a Abraham repitiéndose esa consigna cada noche mientras veía dormir a su hijo y se acercaban al lugar del sacrificio. Imagino que aun así acariciaba la esperanza en su corazón de que Dios algo haría. Y eso es algo maravilloso, sin embargo, si observamos con más detalle veremos que esa esperanza era puesta a prueba.
Tener esa esperanza el día de los preparativos del viaje los hace más sencillos de enfrentar. Al momento de salir, en silencio, eleva una oración llena de esperanza y se une a la entusiasta comitiva. Liderando el entusiasmo ve a su hijo. ¿Cuántas preguntas más golpearon su corazón? ¿Cómo entenderá lo que pasará en tres días?
Termina la travesía de un día, comienza el segundo día e igual termina sin ningún cambio. Solo retumba en su mente la honesta pregunta de su hijo; Padre, ¿tenemos fuego, leña, cuchillo, todo lo necesario menos el animal del sacrificio? No sé si su respuesta la dijo mirándolo a los ojos de un rostro inocente o miraba a la lejanía, a la lejanía de un monte. Solo creía que Dios mismo proveería el sacrificio. ¿Qué más podía creer?
Llega el tercer día, y la silueta del Monte se divisa. Ahora debe seguir solo con su hijo el camino y vuelve a elevar una silenciosa oración. Lo que Dios fuera hacer debía ser durante ese día. Lo más difícil es que no fue hasta el último momento pero Abraham no lo sabía. Prepararon el altar, la leña, el cuchillo, y aún sin sacrificio. Han sido tres días de camino al Monte Moriah. Tres días solitarios, angustiosos, de fe puesta a prueba a cada paso.
Caminaremos esa ruta en nuestra travesía. Es el camino el lugar que debemos visitar, y por más de una ocasión, antes de partir con nuestro Señor. No iremos hacia un Monte pero si hacia un sacrificio. Nadie dijo que la pasaremos bien. Estoy seguro que Abraham no lo paso bien, o al menos, no todo el camino. Nos preguntaremos cuándo ocurrirá el cambio de planes. Anhelaremos ese cambio a la misma vez que tendremos que creer que “aun de los muertos” Dios puede cumplir lo prometido. Y como Abraham, cada paso cada día será una prueba de fe mientras nos acercamos al momento de “levantar el cuchillo” y entregar lo que Dios ha pedido, aun cuando no haga sentido.
Abraham estaba decidido a bajar el cuchillo hasta cortar la carne de su hijo. Sobre esto Dios mismo dice que Abraham no le negó su único hijo. Pero recuerda, tuvo que andar tres días junto a su hijo, viéndolo, escuchándolo, durmiendo a su lado, sabiendo que luego de tres días debía bajar el cuchillo.
¿No sabemos cuántos días será nuestro “camino al Monte Moriah”? Pero estoy seguro de que no serán fáciles. Estarán llenos de momentos de preguntas y decisiones. Y me hago la pregunta a mi mismo; ¿estoy decidido, llegado el momento, a bajar el cuchillo? Solo pienso que en ese momento Abraham no sabía que Dios mismo lo detendría, ni sabía que un carnero estaría enredado en un arbusto cercano. Solo sabía que bajaría el cuchillo.
Ahora dejas de hojear el libro con la extraña sensación de que tienes pasaje de ida y vuelta ya pagado para visitar esos lugares. Se nos hiela el corazón, se nos encrespa la piel, se nos arruga el alma al pensarlo. Sin embargo, no viajaras solo. El Señor irá con nosotros a cada paso, aunque a veces parezca que no tenemos compañía durante el viaje.
Bon voyage!


